Los “raros”

20 04 2007

yodaEn este mundo siempre hay “tíos raros”; seguro que muchos de vosotros habéis topado con alguno a lo largo de la vida. Pues yo tengo uno permanentemente, y joder si es raro.
Tengo un compañero en la oficina que roza el límite de la rareza humana. El caso es que, a primera vista, parece un chico normal. Edad media, calvicie avanzada, complexión cervecera, baja estatura y rostro de candidez extrema. Cualquiera de vosotros que vinierais desde fuera, lo clasificaríais como el típico mozalbete que pasa, sin pena ni gloria, por esta vida, sentado en una esquina de su mesa frente a un ordenador, sin hacer ruido ni molestar a nadie, y que todos tenemos la certeza de que aún vive por que, de vez en cuando, oímos leves sonrisitas desde el hueco que ocupa.
El caso es que los hombres por naturaleza no somos transigentes hacia lo raro, y, aunque lo aceptemos, nunca llegaremos a compartirlo. Por eso, varios compañeros elucubramos en pequeños corros y reuniones sobre este nuevo “espécimen”, surgido tras la famosa evolución de Darwin y que aún no tiene registros en los libros antropológicos. Pero vamos más a ya; si os fijáis, cuando hay alguien “rarito” en nuestro entorno, intentamos forjar un vínculo de amistad con él, con la esperanza de llevarlo “hacia la luz” y hacerlo despertar de su letargo, pudiendo finalmente danzar en círculos, con los brazos en alto, gritando “Se ha convertido, se ha convertido !!!”. Pero a mí me parece que lo tenemos muy complicado.
Todo nuestro empeño comenzó con leves invitaciones; primero, le llamábamos a fumar con nosotros, en el rellano de la oficina, con 2º bajo cero en pleno invierno, los cuellos de las chaquetas subidos hasta las orejas y con esa sonrisa estúpida que se te queda cuando te estas frotando las manos como un descosido y la congelación sigue subiendo por tus piernas. “No, muchas gracias, pero es que tengo un trancazo …..”. Pero, coño, eres un hombre, la máquina más perfecta creada hasta el momento; tu sistema inmunológico es comparable con la resistencia de un tanque Leopard ó un luchador de Wrestling. ¿ Qué hombre no se ha emborrachado con sus amigos y no ha terminado bañándose, en pleno mes de febrero, en el río de su pueblo?. Pues no, éste tío raro no lo ha hecho nunca …..
Después pasamos a utilizar el gran sedante masculino; “los deportes”. Recuerdo que, un lunes, llegaba de la calle para empezar mi día laboral. Él estaba en la pequeña cocina, preparándose un café. “Esta es la mía”, pensé, y, armándome de valor, me abalancé a su lado, previo a la más efusiva presentación masculina que puede haber: “Pero coño, que tal, tío?!?!?”. Tras agachar la cabeza y desviar la mirada, ante el rubor de sus mejillas, reintenté tomar la conversación (monólogo, por mi parte, hasta ese momento….):

– Oye, tío, que robo el partido de ayer del Madrid ….. Si es que el árbitro estaba comprado!!!
– No sé; es que no me gusta el fútbol …..

Anda, la hostia !!!. Un tío que no le gusta el fútbol !!!. Esto sí que me dejó “fuera de juego”, pero bueno, son cosas que ocurren. El problema estuvo en que, después de intentar hablar de 37 formas distintas de deporte ó ejercicio físico calificado como tal, con sus correspondientes 37 negativas, llegué a la conclusión que todos estaréis pensando: “¿Quién eres, de que planeta remoto has venido y que has hecho con mi compañero?”.

Tras un par de semanas de nula comunicación, lo admito, por miedo a esa “cosa”, llegó el punto álgido de nuestra relación; la cena de empresa. Todos sabemos que las cenas de empresa son el origen de la perversión y el desenfreno humano; Sodoma y Gomorra nacieron como ciudades de una cena de empresa, y mirad como acabaron. Alcohol gratis, “papeo” del bueno, ruptura de las diferencias entre jefes y empleados, compañeras de trabajo perfectamente vestidas y maquilladas (con mucho alcohol gratis en el cuerpo, eso también); resumiendo, el clima propicio para sacar “la bestia” que uno lleva dentro. Ya a altas horas de la noche, cuando todos los caballeros llevábamos la corbata en la cabeza, descamisados y arrastrando la americana por el suelo, comprendí que nunca conseguiría mi objetivo. Allí estaba él, pulcramente vestido, en un taburete, en la esquina del local, con un vaso de zumo en la mano y entablando una apacible conversación con el chico encargado de la tramitación de pedidos externos y gestión de los materiales laborables de manipulación (el botones de la empresa). De modo zigzageante y con ayuda de mi sujeción a la barra del bar, conseguí llegar hasta él:

-Joder, tío, has visto que “jacas”?. La de administración esta para darle “lomo en barra”, a que sí ??. jejejeje ……

Aún recuerdo la estela de humo que dejó a su paso, cómo el Correcaminos. A partir de ese momento se perdió todo contacto. Cuando alguna vez nos cruzamos en un pasillo, se abalanza contra el primer despacho que ve abierto, cerrando y atrancando la puerta desde dentro.
Y hacedme caso; si os ha ocurrido lo mismo alguna vez, no caigáis en mi error. Los “raros” no son como nosotros y no intentéis entenderlos. Asumidlo.

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